viernes, 23 de marzo de 2018

Otro Cuento de la Nacho

Por S.C. Henao
Temática libre


Muy pronto terminará el ocaso de la tarde en un día opaco del mes de marzo en la ciudad de Medellín. En este apartamento he estado acompañando a mi padre durante los últimos tres años desde el momento en que decidimos interrumpir, a razón de la pérdida de su mujer, la marcha regular de nuestras vidas y asumir una actitud de fortalecimiento espiritual basado en nuestra compañía mutua. Desde el decimocuarto piso donde estoy sentado me doy cuenta de que la ciudad no cambia y menos sus habitantes, pues si no son los pitos y demás ruidos de carros, motos y buses, entonces sobreviene el ruido generado por las palabras con argumentos fútiles, y en ocasiones sin sentido, emergidos de un simplismo abrupto donde se dice lo que sea para que los demás no dejen de creer que se sabe algo, como lo hacen los médicos según Pózdnyshev, y en época electoral afirmase lo que va a pasar y lo que necesitamos, como si el dimensionamiento de un país cupiera en una conversación inopinada.

Desde las horas de la mañana he estado elaborando junto a Elena, mi sobrina, los relatos de un día en la universidad donde ella estudia, motivado por la existencia de un cuento participante en este mismo certamen escrito por un declarado pretendiente y admirador suyo. Pero esta motivación surge a partir de un juego malicioso donde Elena y yo hemos asumido el papel de competir contra quien intente conquistar la esencia de sus años mozos o de mi adultez joven; ella, por su parte, se cuenta fascinada de tener un tío que la proteja de tanto hombre inescrupuloso, mientras que yo hago las veces de prueba para quien se digne desearla y disfruto con placer de un goce delicioso pero limitado y en ocasiones peligroso.

Para salir un poco de la monotonía de escribir líneas en honor a la memoria de mi madre en el pueblo natal de mis padres y poder obtener material apto de relatarse, decidí entonces desde temprano asistir con un conocido llamado Jesús a la ruta guiada de observación del arboretum y palmetum de la universidad. Su compañía siempre es de mi agrado porque él tiene la característica de quejarse y encresparse por todo y con todos excepto con mi juego, del que se declara envidioso y no me culpa, insistiendo en que lo de ser fetichista hace parte de mí como de cualquier persona, al igual que lo hacen todos y cada uno de los adjetivos reconocidos o preferidos por nuestra capacidad intelectual; y que la diferencia entre el día de unos con el día de otros, y por tanto lo que nos individualiza, es la intensidad con que recurrimos a uno u otro adjetivo para nombrar las sensaciones producidas en la significación diaria de la realidad.

La persona encargada de guiarnos rápidamente nos sorprendió a Jesús y a mí, que coincidimos casi siempre en opinión a pesar de los varios lustros que me lleva en edad, al insinuar nuestro deber de rechazar a las personas foráneas que buscan establecerse en la ciudad, mostrando una ausencia de contexto histórico desconcertante que por poco revienta a Jesús y que nos hizo aceptar la invitación de mi sobrina para visitar el espacio donde los estudiantes que fuman marihuana y consumen otras cosas se reúnen; es allí donde Elena me presentó a quien hoy considero otro cuento de la nacho, una joven de no más de veinte años que me hace escuchar la persecución e indiferencia que reciben quienes consumen por parte de la administración de la universidad y que, sin saberlo, ya entró en el juego.

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