jueves, 22 de marzo de 2018

Autorretrato

Por: Juan Manuel Arboleda Taborda
Temática libre

Estaba en absoluto silencio. El día apenas daba sus primeros respiros, el sol seguía escondido. Se enfrentaba a una luz azul y a las letras que tanto había usado a lo largo de su vida. No sabía qué escribir excepto que no sabía qué escribir. Una única idea flotaba en su rededor. Autorretrato. Escribió estas palabras y la página antes vacía le parecía más llevadera, más humana y menos ficticia.


Se había dejado la barba desde hace un tiempo, era un símbolo de su renacimiento, de su otro ser. Su barba tomaba colores imposibles: desde verdes a un rojo intenso dependiendo del sol o de su ausencia. Una de sus pobladas cejas se mostraba más arqueada, entraba más en su frente rojiza que la otra. Sus ojos, cafés. Alguna vez su tío le había dicho: “tu ojo izquierdo es más claro que el derecho” - ¿o era al contrario? -, nunca lo pudo confirmar, aunque en uno que otro subidón de amor propio alardeaba de estas propiedades no confirmadas de su fisionomía.

Se sentía bien mover los dedos entre aquel laberinto sin salida de letras desordenas en busca de qué buscar. Su mente había envejecido abruptamente en busca de encontrar lo que no había buscado desde hace años. Muchas cosas que quiso escribir y no escribió. Tantas novelas que se quedaron en libretas perdidas, cuentos en libros de cálculo e intentos de poesía en las últimas hojas de sus cuadernos de física.

Todo su rostro tiene la facilidad de emanar fácilmente la más calmada de las sonrisas y la más fiera de las miradas, aunque en su posición neutra denota tristeza y arrepentimiento por los años desperdiciados. Sus labios, grandes y resecos por su uso trivial, sonríen amablemente y piden perdón si golpeaba a alguien en el andén, queriendo y sin querer. Sus manos, habituadas a escribir y al no hacerlo por tanto tiempo, estaban temblorosas y apenas sostenían el lapicero con mucho esfuerzo.

Tanto sin escribir, tanto sin pensar, tanto sin ser y su autorretrato no dice nada más que aquello que no fue, pero quiso ser. La enfermera volverá en un rato y nuestro escritor debería de haber muerto hace una semana. Es un escritor mental, un escritor incapaz de escribir. La enfermera llega y un papel arrugado yace en el suelo. Él deja que la aguja penetre de nuevo en su piel y escribe mentalmente: ¿quién quiere a un joven-viejo como yo?

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