jueves, 22 de marzo de 2018

Mi Mujercita

Por: Daniel Eduardo Restrepo Montoya
Temática libre



En mi cuarto vive una mujercita, nunca sale de ahí. Tiene ojos inmensos, es pequeña, frágil y le gusta observarme; siempre callada y con sus manos entre los muslos. Cuando mis obligaciones me retrasan, ella me escribe cartas y las tira debajo de la puerta para que yo las lea antes de entrar. Me escribe muchas cartas, pero pocas palabras. Yo sigo resistiéndome a abrir cada pequeño telegrama porque sé que en alguno de ellos encontraré, inexorablemente, una angustia extraviada. Cierta vez me dijo que no sabía cómo vivir, se sentía ahogada por una pena confusa, en extremo profunda. Sabía que permaneciendo encerrada le faltaría invariablemente el aire, pero también estaba segura que no sería capaz de volver a entrar una vez saliera. Temo que encuentre alguna forma de escabullirse sin cerrar la puerta. Apresuro todas mis labores para llegar cada día más temprano. Cuando llego, recojo las cartas y me sereno unos minutos antes de entrar, adquiriendo una mirada neutral. Una vez en casa, olvido alimentarla, y solo lo recuerdo cuando me encuentro lejos de ella, me arrepiento profundamente en esos instantes, pero he aprendido a esconder mi culpa y a ignorarla ante ella, para que no la sienta. Supuse que había aprendido a comer por su cuenta y a decidir qué comida le gustaba, de otra manera habría muerto hace mucho tiempo.

Hoy estoy parado, como todos los días al llegar, afuera de mi habitación. Sostengo mi respiración y aún intento encontrar la indiferencia en mis ojos, la misma que le muestro todas las noches. Llevo varias horas parado en la puerta, está más tarde que nunca y aún no he entrado, aunque hoy jamás me fui por completo. Llegué ayer en la noche, entré unos cuantos segundos al cuarto, pero salí a prisa, cerrando la puerta tras de mí. Di unos cuantos pasos, pero nunca me marché. La misma razón que me impidió quedarme y que no me dejó irme me negaba la entrada. No estaba preparado para la angustia que se me iba a comunicar ayer y, en medio de todo, el estar parado tanto tiempo ahí afuera alejaba a cada instante la posibilidad de reincorporar la indiferencia en mis ojos. Recuerdo que, al llegar ayer, solo encontré una carta, bastante larga y mojada que se asomaba debajo de la puerta; intenté extraerla, y al sentir que me presentaba resistencia, decidí abrir la puerta.

La imagen que vi al otro lado de la puerta me recuerda por qué todavía no logro contraer mis pupilas dilatadas. Y la humedad que aún preservan mis pies me impide explicar la sensación que tuve ayer cuando, al entrar, vi a mi mujercita, roja e hinchada como un globo, con la boca llena de papel y flotando sobre un torrente de lágrimas que salía de sus ojos e inundaba mi habitación.

4 comentarios:

  1. Atrapante. Intrigante. Excelente.

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  2. Muy bueno, engancha inmediatamente.

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  3. Pobre ella...mujercita tan pequeña, pero tan enteramente el olvido y el abandono por segundos de lo que deseamos pero por siempre no podrá ser. No!

    Muy buen cuento. Excelente

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